martes, 13 de agosto de 2019

El Derecho y la Justicia desde el Muralismo Mexicano

lunes, 24 de junio de 2019

Toy Story: Filosofía, política y derecho

Resultado de imagen para toy story

Para José Emilio

Terminó la saga "Toy Story" y con ella una narrativa y un pequeño universo, con valores, ideas e imágenes sobre la vida. Incluso sobre la política y el derecho. Quizá pasa un poco desapercibido el hecho de que se trata de un colectivo de juguetes que a lo largo de 4 historias, van despidiendo a algunos de sus miembros, recibiendo a otros y reencontrándose a unos más; todo ello en el maro de una organización social que ha funcionado bien dentro de la trama.

Desde 1995, los juguetes tienen a un líder, Woody, el vaquero, quien los agrupa y organiza en torno a una especie de asambleas donde cada juguete tiene una participación en la toma de decisiones; Slinky el perro-resorte ayuda a Woody a convocar y funge como su representante en su ausencia. El señor Cara de Papa y Ham son dos suspicaces colaboradores pero son muy críticos e incluso algunas veces, disidentes. 

En la primera película Woody cuenta además con el apoyo de pequeños soldados que hacen las tareas de inteligencia para el grupo; y no tienen empacho de relevarlo de sus funciones cuando atenta contra el recién llegado Buzz Lightyear, quien se presenta como alguien que le puede disputar el puesto de líder a Woody. El vaquero tendrá que aprender a lidiar con sus emociones (envidia) y a trabajar más en equipo, mientras enseña a Buzz el valor de la lealtad. El personaje del guardián espacial puede ser leído como alguien formal y con sesgos de formación militar, sin embargo, a lo largo de esa primera entrega demuestra tener mucha capacidad de apertura y hacen una genial mancuerna él y Woody, lo que puede verse de manera más cabal en la última película. 

De esa primera película podemos analizar además el castigo que le imponen a Woody cuando piensan que ha desaparecido Buzz, se trata de un exilio que entendemos es uno de los castigos más duros para un juguete. Incluso cuando hay posibilidad de rescatarlo del cuarto del niño Phillips quien lo iba a destruir, tampoco lo hacen porque están convencidos de su culpabilidad. Tal vez extrañamos el debido proceso, aunque alguien podría decir que había pruebas contundentes pero no estaban apegadas a la realidad, así que se trata de un pequeño linchamiento, un intento de magnicidio en contra de Woody, que si bien era un líder un poco egoísta respecto de los afectos de Andy, si procura que los juguetes se mantengan íntegros.

Con los nuevos largometrajes vinieron otros ejercicios de poder y derecho. Aparece Jessie, la vaquerita, la versión femenina de Woody, muy valiente, incluso a pesar de su claustrofobia, una lideresa muy solidaria. 

Es la tercera entrega la que más ejemplos nos da de ejercicio de poder; la figura dictatorial de Lotso es fantástica en este sentido, un oso de peluche que huele a fruta, de entrada algo que simboliza cosas buenas, además se le representa como alguien de experiencia, porta un bastón por los avatares que ha pasado en la vida, parece inclusivo y democrático pero en el fondo no lo es. Se rodea de un grupo de juguetes, todos de género masculino, que le sirven de guardia personal y ejecutan sus ordenes sin chistar, tienen un control panóptico a través de un mono sobre la Guardería Sunnyside y aterrorizan a sus detractores; en el sistema que dirige Lotso hay un casino clandestino, una cárcel e incluso métodos de tortura, pues los juguetes disidentes son enviados a la "caja de arena" del patio como un castigo muy duro. seguramente se ha desecho de juguetes incómodos como lo hace saber el personaje del "Teléfonito". Lotso opera a través de las falsas promesas, el discurso, la manipulación y el engaño; no hay mecanismos para contrarrestarlo; los juguetes de Bonnie, en especial "Sonrisas" le dicen a Woody sobre la terrible situación del lugar y del gobierno despótico de Lotso con la frase "De ahí nadie sale". Con la desaparición de Lotso observamos una sociedad más horizontal y organizada en la que las tareas peligrosas y difíciles (El salón oruga) son realizadas bajo un programa general y no como castigo o ghetto; de hecho podríamos decir que hay un ejercicio más democrático. De todo esto nos enteramos en los créditos; el arenero ahora es un centro recreativo, al parecer Ken y Barbie son una especie de administradores, y todo es fiesta, aunque el mono sigue vigilando las cámaras.

Ya desde la tercera película pero con mayor énfasis en la última, Dolly, la muñeca de trapo, es un personaje femenino que tiene las funciones de gobierno en el cuarto de Bonnie, y lo hace con bastante fortuna. Al parecer, esta función recae en el juguete favorito, aunque Bonnie constantemente cambia de juguete, lo que hace suponer, que Dolly cuenta con el respaldo y la autoridad moral para llevar las riendas, siempre escuchando a sus compañeros como es el caso del propio Woody, los críticos Buttercup y Señor Espinas, Buzz Lightyear y Jessi. No pasará desapercibido para nadie el hecho de que Woody seda su lugar como comisaria a Jessie, quien ya representa en las historias de Bonnie este papel. 

Betty, llamada en la cuarta película Bo Pitt, es otro personaje interesante, es la dirigente del grupo de juguetes perdidos - o más bien liberados- es enérgica pero a la vez indulgente y solidaria; el amor hace cambiar a Woody su sistema de pensamiento, en esta nueva vida será un personaje secundario, aunque ciertamente la vida con Bonnie no le auguraba más participación, pero es bueno siempre cambiar de opinión para mejorar en la vida. Hay otro personaje femenino en esta cuarta entrega, se trata de Gaby Gaby que en principio parece el antagónico de la historia y gobierna la tienda de antigüedades con un ejercicio muy similar al de Lotso, pero que al manifestar sus reales intensiones en cierto modo sede un poco, aunque no sin dejar de herir seriamente a Woody, que a través de un acto altruista renuncia a su caja de sonido, e incluso la ayuda a mejorar su vida.

Woody ha transitado por diversos sistemas de gobierno, ha sido parte de ellos, se ha visto involucrado en la creación de normas, le ha tocado asistir a asambleas y conciliaciones; ahora se ha jubilado y dedicará su vida a recorrer el mundo al lado del amor de su vida, además, ayudando a otros juguetes a conseguir un niño que los quiera; es el premio para un gobernante justo y sabio. 


miércoles, 27 de marzo de 2019

El derecho al perdón

Imagen relacionada

Todos tenemos a alguien a quien perdonar y podemos ser perdonados por alguien. Los países y las sociedades de igual manera. También es cierto que hay personas a las que les es más fácil hacerlo -tanto perdonar como pedir perdón- y otras, más orgullosas, que les cuesta mucho trabajo o que incluso les es imposible. Tanto para el emisor como el emisario, comporta procesos de toma de conciencia y reforzamiento de la identidad; por ello no es un asunto menor. 

En cualquier caso, el perdón, es un ejercicio que conlleva muchísima responsabilidad. Por un lado implica reconocer que algo estuvo mal y eso supone que eventualmente pueda existir un resarcimiento del posible daño, una compensación o incluso una sanción; en ese momento las posiciones se invierte el ofensor ahora es vulnerable ante el ofendido. Todo esto que digo, sólo es posible en un contexto en el que el perdón es honesto; porque como todo en este mundo, puede pervertirse, y entonces el perdón buscado se vuelve venganza. 

Nada sencillo hay en estos procesos en los que se involucra, memoria y olvido; sobre todo si se instrumentalizan, o peor aún se busca revertirlos para obtener beneficios personales. 

Por eso insisto en la oportunidad y la responsabilidad. Cuando se tiene de manera fehaciente la oportunidad de pedir perdón y recibirlo, se trata de un momento sublime llamado reconciliación; en las culturas ancestrales estos procesos son necesarios para continuar una vida tranquila; el resultado es la paz; algo muy difícil de lograr pero no por ello, algo a lo que podamos renunciar; es como la justicia o el bien común. Los wixárika por ejemplo, consideran una enfermedad el que una persona esté resentida con algo o con alguien; una enfermedad del corazón que impide vivir bien. Nuestra calidad de vida está condicionada al perdón y la reconciliación. La llamo oportunidad porque muchas veces la persona en cuestión no quiere ser perdonada o no quiere pedir perdón; en ambos casos me parece que pierden una gran oportunidad, pues de alguna manera ponen en peligro su integridad emocional.

La responsabilidad en cambio, está en identificar las acciones que tendrán que acompañar el perdón; digamos que a partir del mismo se detona un encadenamiento, había un nexo negativo entre el ofensor y el ofendido ahora tendría que haber un nexo positivo y no generarse un nuevo nexo negativo, en términos de venganza.

La parte más complicada de los procesos de perdón es la toma de conciencia. Muchas veces el ofensor puede considerar que sus acciones no son lo suficientemente lesivas que merezcan pedir perdón, o tengan suficientes argumentos para justificar sus acciones; es aquí donde los filósofos han recomendado un ejercicio de "introyección imaginativa", le han llamado también empatía; sensibilizarse; ciertamente hay riesgos de hipersensibilidad, pero me parece que son la excepción; en cualquier caso, como expliqué arriba, la oportunidad está ahí al alcance de la mano de quien puede pedir perdón y continuar su camino; el ejercicio de imaginarse como el otro, jamás hará daño, y, por el contrario, nos acercará más a la humanidad, a lo humano, y, por tanto, al conocimiento de nosotros mismos.

Tampoco creo que sea exagerado pensar en ofensores indirectos y/o ofendidos indirectos. Alguien con quien tengo algo en común en algún modo, ofendió a alguien más ¿qué de malo hay en solidarizarse en el perdón? insisto, es una gran oportunidad para mí, para fortalecer mi identidad, para conocer al otro, para conocerme a mí.

El perdón es un acto absolutamente contrario a la prepotencia, requiere de una sabiduría peculiar, de una sabiduría práctica diría yo; conlleva una actitud distinta, si hay implícito un preconcepto de superioridad y una necesidad de perpetuar un stato quo, difícilmente habrá perdón, se apelará entonces al trauma; se revictimizará al ofendido diciendo que en una sociedad liberal, el hecho de que alguien se sienta ofendido es su propio problema, que ha de superar tal condición con sus propios medios.

Saber a quien se ha ofendido, ese asunto depende de la ética y la generosidad de cada quien.  

Pedir perdón y saberlo aceptar puede verse como debilidad pero requiere en realidad mucha fortaleza.

miércoles, 6 de marzo de 2019

lunes, 11 de febrero de 2019

LOS ABOGADOS Y LA FANTASÍA: A propósito de Peter Pan.

 


Peter Pan creación del escocés James Matthew Barrie de principios del siglo XX, se ha convertido en una figura icónica de la cultura popular, como aquel personaje que se niega a crecer porque el mundo de los adultos le parece deleznable para ello debe olvidar cada noche la aventura jornalera para no generar experiencia. En la adaptación de Spielberg en "Hook" (1991) Pan ha crecido y olvidado que vivió en Nunca Jamás, llama la atención que el personaje que interpreta Robin Williams, es decir, el Pan adulto, es un abogado desconfiado, quisquilloso, preocupado por la seguridad y en un estado de confort que lo ha hecho panzón. El reto de los niños perdidos es ayudarlo a encontrar la inocencia, haciéndolo pensar en cosas felices, así recuperará su poder de materializar cosas imaginándolas. Quizá sea un cliché pero la cultura popular considera que es el abogado el profesionista más aburrido, más alejado de la fantasía, porque ha perdido de manera paulatina su capacidad de sorpresa por el mundo, es el producto más acabado de una sociedad consumista e individualista que ha pervertido el sentido de la vida y se dedica a señalar los errores de los demás

jueves, 3 de enero de 2019

Hipérbole discursiva: la era de la desinformación y el descompromiso

Imagen relacionada
La posmodernidad se ha exacerbado. No sería exagerado hablar de Pos-posmodernidad. La falta de parámetros para acercarse a la verdad, ha generado la sobre posición -o mejor aún- la sobre exposición de versiones sobre un hecho, algo que se ha llamado posverdad, y que como podría alguno pensar también sería viable llamar pos-posverdad. 

En este contexto, es fácil afirmar muchas cosas por la mañana y negarlas por la tarde. Sigue existiendo un particular interés en el discurso y su efectividad retórica pero se abandona toda posibilidad de coherencia o de sustentar lo dicho. De este modo no hay necesidad de probar lo que se afirma. 

Esta hipérbole discursiva lleva a intensificar el discurso y a despreocuparse por los hechos, ya sea por aquellos de los que se desprende la afirmación o por aquellas promesas que se hacen a través del mismo.

Puesto que la atención está puesta primordialmente en el discurso y los hechos relegados; el discurso es corregido, aumentado, exacerbado y llevado a esa hipérbole que podría ser válida retóricamente hablando pero muy peligrosa a nivel social. Puesto que siempre hay forma de desmentir o tergiversar lo dicho argumentando que se ha mal interpretado. 

El asunto no es menor, la inflación discursiva, producto de la transparencia, genera una alta cantidad de datos que impiden un análisis puntual y detallado, sobre todo si sumamos la vertiginosidad de la información, las mentiras a medias saturan el espectro informativo y propician la pluralidad de opiniones, cuestión que en sí misma es positiva en la medida que se basa en la democratización de la información, el problema es la falta de circunspección y crítica para discernir entre toda la información. 

Es paradójico que la sociedad de la información y del conocimiento como la actual, sea la más desinformada, y es que la abundancia informativa genera cierta opacidad, pues las cuestiones trascendentes quedan sepultadas debajo de una batahola de datos irrelevantes, opiniones intrascendentes y verdades parciales. Cuestión que puede fácilmente ser aprovechada por quien controla el discurso.

Esta disociación entre el discurso y la realidad, era uno de los elementos fundadores de la modernidad, su exacerbación es parte de una hipermodernidad incapaz de enfrentarse al tabú de la verdad. Y es que no se trata de establecerla, mucho menos de imponerla, pero sí, al menos, de discutirla garantizando la calidad de la información, es parte de un ejercicio ético que supone una exigencia de objetividad que debe surgir no del propio discurso que se califica asimismo como objetivo, sino de un compromiso social que impone a cada interlocutor el deber de honestidad. El problema es que para muchos, la ética es un lastre, un arcaísmo y en el mejor de los casos un asunto subsumido también en el discurso que ha sido hiperbolizado.